¿Cómo será todo dentro de 1.000 millones de años?

Crecí bajo el signo del No Future, aunque siempre pensé que aquello no era más que una pose juvenil, o incluso una especie de santo y seña, del mismo modo que los masones se reconocen entre ellos cuando hablan del hijo de la viuda.

Pienso que el cerebro humano está cableado para mirar hacia el futuro. Pero no soy el único: importa mucho más lo que piensan quienes dedican su trabajo a estudiar la mente humana. En un interesante artículo publicado en el New York Times, el psicólogo Martin Seligman y el periodista John Tierney argumentaban, tirando de investigaciones, que la capacidad de pensar en el futuro es lo que más distingue al ser humano de otras especies, basándose en una idea hoy cada vez más reconocida por psicólogos y neurocientíficos.

Una ardilla acumula nueces porque lo dicta su programación genética, pero no sabe que se acerca el invierno. Los humanos reservamos mesa para el sábado, pero en realidad “sábado” solo existe como una fantasía colectiva, escriben los autores. Seligman y Tierney citan varios estudios cuyas conclusiones apoyan la idea de que los Homo sapiens somos esencialmente Homo prospectus, criaturas que miramos hacia un amplio mañana: pensamos en el futuro tres veces más que en el pasado, descubría uno de los estudios citados, e incluso cuando pensamos en el pasado tendemos a hacerlo considerando sus implicaciones futuras.

Modestamente, y si de algo sirve haber vivido ya casi medio siglo, hace años llegué a una conclusión: lo que realmente mueve al ser humano no es el amor, como afirman los románticos, ni el dinero, como aseguran los cínicos; lo que mueve al ser humano es la ilusión, un término que puede sonar melifluo, pero que simplemente consiste en la prospección de un futuro al que le confiamos una alta probabilidad de eventos favorables. Me ha sorprendido encontrar una especie de corroboración de mi gran teoría sobre la vida en el artículo de Seligman y Tierney: “los terapeutas exploran nuevas maneras de tratar la depresión, ahora que la ven principalmente como algo no debido a un trauma pasado o un estrés presente, sino a visiones torcidas de lo está por venir”. Es decir, que dejamos de encontrar sentido a la vida cuando desaparece la ilusión.

Otra cosa es que en ocasiones neguemos voluntariamente la mirada al futuro; en este caso, probablemente se deba a que el dibujo de lo que estamos anticipando no nos gusta. Personalmente, hay muchas cosas de este futuro que no me gustan (uno es consciente de que va haciéndose mayor cuando se da cuenta de que ya vive en lo que en otro tiempo fue “el futuro”).

Claro que hay una diferencia entre especular sobre el futuro de si tal o cual equipo ganará la liga, o si tal o cual político controlará un partido (cosas que personalmente me hacen taparme el bostezo), frente a si tal o cual fenómeno pondrá fin a la humanidad en una época en que ni uno ni sus hijos estarán aquí cuando ocurra.

Pero en contra de lo que podría pensarse, interesarse por un futuro que uno no llegará a ver no es solo un ejercicio intelectual; tiene también mucho de emocional. Estoy seguro de que Carl Sagan, después de toda una vida dedicada con pasión a tratar de descerrajar el misterio de la vida en el universo, debió de verse morir no con la fría sensación de un trabajo pendiente, sino con la cálida pena de no llegar a ver jamás satisfecha su gran ilusión.

You may also like...

Deja un comentario

¡No oculte sus sentimientos! 😉

Haga click “Me gusta”