Educar en libertad

Todos estamos llamados a lograr esa libertad moral, que sólo puede obtenerse con un uso –no cualquier uso– moralmente bueno de la libertad de albedrío. Constituye un reto para los educadores, y en particular para los padres, mostrar de modo convincente que el uso auténticamente humano de la libertad no consiste tanto en hacer lo que nos dé la gana, como en hacer el bien porque nos da la ganaque, como solía decir San Josemaría, es la razón más sobrenatural .
Es ese el camino para librarse del clima asfixiante de la sospecha y de la coacción moral, que impiden buscar pacíficamente la verdad y el bien y adherirse cordialmente a ellos. No hay ceguera mayor que la de quien se deja llevar por las pasiones, por las “ganas” (o por su falta). Quien sólo puede aspirar a lo que le apetece es menos libre que quien puede perseguir, no sólo en teoría sino con obras, un bien arduo.

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No hay desgracia mayor que la de quien, ambicionando un bien, se descubre sin fuerzas para llevarlo a cabo. Porque la libertad encuentra todo su sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito, que nos desata de todas las servidumbres.
La tarea del educador, tanto padre como profesor, es doble: hacer que el chico tenga conciencia del gran valor de su libertad y enseñarle a ponerla en práctica correctamente. Esto es fácil de decir y difícil de llevarlo a la práctica, entre otras cosas porque no se entiende bien el concepto de libertad y su relación con el bien y el amor.

A veces se entiende la libertad como lo opuesto a lo necesario y exigido. Por otra parte, los instintos animales obligan a perseguir el propio bien y la libertad sería lo opuesto a ellos.
También las tendencias de la naturaleza caída orientan al ser humano a centrarse sobre el propio yo y a amarse de forma egoísta.

La libertad se puede concretar en querer lo que no resulta obligado por nuestros instintos y tendencias. Dicho de otra forma, la auténtica libertad consiste en querer el bien del otro, en amar. Y respecto a uno mismo la libertad hay que concebirla como capacidad de auto-conducirse hacia la propia perfección y autoeducación.

Paradógicamente se alcanza más libertad cuando se piensa en los demás y se olvida de uno mismo. El egoísmo impide perfeccionarse y ser libre, porque mata la auténtica libertad. En el mundo actual parece que se ha impuesto el subjetivismo (lo que me gusta, lo que me apetece) y todo gira sobre sí mismo: el yo, mi ego es el centro del universo. El hombre contemporáneo es infeliz en la medida en que está atrapado consigo mismo. Parece que es prisionero de sí mismo.

En último término, se libre es poder y querer amar al otro y esforzarse en la autoformación propia.
La libertad no es la facultad de elegir entre el bien y el mal. Un hombre
puede suicidarse porque es libre pero este hecho no le perfecciona como persona, ni le aumenta la libertad.

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