¿Por qué prejuzgamos?

La psicóloga social Mahzarin Banaji ideó un test muy interesante con el que demostró que incluso aquellos estadounidenses con principios más igualitarios y progresistas albergaban sentimientos
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discriminatorios. En el test quedaba patente cómo personas que rechazan cualquier tipo de racismo adscribían adjetivos positivos a una cara blanca unos milisegundos antes que a una cara negra. Es probable que a medida que conozcamos mejor cómo funciona el cerebro también seamos capaces de comprender y gestionar mejor nuestras emociones, y su impacto sobre nuestra conducta.
Desacreditar al otro es muy fácil; comprenderlo, aceptarlo, es más difícil.
Es muy común que rechacemos a otras personas rápidamente y sin conocerlas.
Podemos rechazar a alguien a primera vista porque alguna prenda que usa no nos parece elegante, porque habla rápido o porque habla lento, porque no usa zapatillas de marca o porque sí las usa, porque alguna vez se equivocó en algo que nos dijo, porque no nos gusta lo que come o lo que lee, porque le gusta el fútbol o porque no le gusta, etc. etc.
Podemos rechazar a otro aún sin conocerlo. Así el trámite es más rápido.
Tratamos de ponerle rápidamente una etiqueta a alguien que apenas conocemos y después nos negamos a reconsiderar nuestra clasificación.

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¿Por qué suceden estas cosas?
Una de las respuestas es porque en esta época todo se trata rápido y de una vez.
Nos parece que todo lo que se hace rápido y “de una” no puede estar equivocado. Por eso escuchamos muchas veces la frase “me cayó mal de entrada” como dando a entender que si fue una especie de intuición rápida no puede estar equivocada. El investigador y filósofo Bergson tiene escrita una parte bastante siniestra de la Ciencia basada en esas intuiciones. No es el caso de analizar esto aquí pero sí podemos decir que llevó a muchos estudiosos a un camino sin salida.
Otra respuesta es que si desacreditamos al otro nos ponemos automáticamente por encima de él y crecemos sin haber hecho nada que lo justifique.
Para muchos creerse más es lo de menos.
Vivimos en una sociedad donde el creernos más que el otro casi justifica nuestra existencia.
¿Cuantas oportunidades de conocer gente que podría embellecer nuestra vida nos perdemos?
Imposible contestar esa pregunta pero evidentemente nos empobrece y nos aísla.
Nos quita la posibilidad de conocer miradas diferentes a la nuestra que podrían ayudarnos a completar o redondear nuestro pensamiento acerca de muchas cuestiones.
Solamente nos hace creer omnipotentes sin ningún motivo muy valedero. Esto nos perjudica a nosotros, a los que nos rodean y a la sociedad en general.

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